A veces la vida nos pone frente a escenarios que parecen imposibles de sobrevivir. Para José Juan Villaseñor Zamora, ese escenario fue la muerte repentina de su hijo Franco. No fue solo perder a alguien de su propia sangre, sino enfrentarse al vacío de un futuro que se esfumó en un parpadeo. De ese proceso de reconstrucción personal nace su libro, El tesoro en la herida, una obra que no pretende ser un manual de superación, sino un testimonio honesto de cómo transitar el dolor.
Escribir este libro fue, en palabras del autor, un reto monumental. Sentarse frente a la página en blanco implicaba volver a los momentos más oscuros, pero fue precisamente ese acto lo que le permitió «darle un lugar en el rompecabezas» a cada emoción. Villaseñor Zamora confiesa que se peleó con la vida y con Dios buscando respuestas que el cielo no le devolvió, pero en ese silencio descubrió algo vital: “Escribir no borraba la herida, al contrario, a veces la empeoraba, pero me ayudó poco a poco a integrarla. Me permitió darle un sentido, un propósito, una dirección”.

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Uno de los puntos más potentes del libro es la idea de que la esperanza no es un concepto vacío, sino una decisión diaria. El autor nos recuerda que, incluso cuando sentimos que lo hemos perdido todo, conservamos una última facultad humana: “Aun en medio de la tragedia, seguimos teniendo algo que nadie puede arrebatarnos: la libertad de elegir la actitud con la que enfrentamos lo que nos toca vivir”. Esta premisa es la que sostiene cada capítulo, recordándonos que no se trata de olvidar, sino de aprender a caminar con el peso de la ausencia de una forma distinta.
El título mismo, El tesoro en la herida, tiene una carga simbólica profunda. Surgió de un proceso largo, donde incluso se consideró llamar al libro “Los mejores regalos están envueltos en papel de tragedia”. Sin embargo, un sueño donde su hijo Franco desenterraba un tesoro le dio la clave final. La obra invita a entender que en toda adversidad hay un aprendizaje oculto, una fuerza que desconocíamos tener. Como bien cita José Juan en su texto: “Nunca sabrás lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte es la única opción”.
El autor reconoce que no hay palabras que alcancen para consolar una pérdida así, pero ofrece su compañía y su respeto. Su invitación es a tenerse paciencia, a no abandonarse y a entender que el autocuidado es una necesidad, no un lujo. Al final del día, su libro es un recordatorio de que la muerte no es lo opuesto a la vida, sino una parte de ella que nos obliga a vivir con más intención, porque “cada día —con todo lo que trae— es un buen día para vivir”.